ESOS MININOS TAN AMADOS

En esta lucha eterna por la libertad, entre el bien y el mal, permítanme una pausa para el amor. 
Ayer mi gatita Floppy se fue a correr por el cielo de las mascotitas amadas, con su hermanito Pillín. A ambos los adoptamos recién nacidos, cuando estaban abandonados en una caja de zapatos en un muro.
Floppy tenía 17 años, y pasó de un sueño a otro.
Alguien me acercó esta reflexión de alguien que no conozco, en Facebook,  en la que me siento representado, por lo que la comparto:

Mauricio Kartun



Hace 14 años heredamos un gatito de meses. Mis hijos y mi mujer se entusiasmaban con tenerlo en casa. Yo con más congelado sentido práctico me resistía. Nunca me habían gustado demasiado esos bichos. Impredecibles. Un verano por hacerme el langa con una muchacha que gustaba mucho de ellos había alzado a uno en el puerto de Olivos y el muy mierda me había clavado las garras a la altura del codo. Cené haciéndome el distraído toda la noche con el brazo inflado como popeye pero a rayas.
Yo soy de los perros, decía, no me jodan a mí con los gatos.
Gato marrón. Alguna vez un pintor me había dicho que si mezclás todos los colores de la paleta da marrón, color caca me había dicho. No compraba jamás de los jamases ropa marrón, por ejemplo.
El gatito encima era marrón. Caca pura. Chocolate decían mis hijos buscandole la imagen positiva.
Si entra un gato salgo yo, dije un poquito sobreactuado de más. Pero se ve que ya había fayuteado tantas amenazas yo que ni pelota me dieron. O vieron la oportunidad de algún buen trueque.
Me dejaron bautizarlo para ver si me ponían más frufrú. Le pusimos Fausto.
Yo me sentaba a escribir, venía y se me sentaba arriba el hinchapelotas. Yo lo bajaba más o menos delicadamente. Y el pesado volvía. Como yo estaba mucho en casa me tenía de abrigo. ¿Qué soy, una estufa yo acá, carajo…? Resulta que acá se van todos y encima me lo banco yo todo el día al animal. Me di cuenta al final que era más fácil dejarlo hacer lo que quisiera, má sí, querés subirte, subite cabeza de termo. Cada tanto lo acomodaba para que no fastidie. Por lo menos es suavecito sentía.
Todos los días lo mismo. Eso. Y frotarse la cabeza contra mi oreja. Y ronronear. Y eso de tocarte la mano con la patita.
Y uno no es de fierro tampoco.
Cuando unos meses después la familia me escuchó decir en la mesa “mi gatito” hicieron silencio compasivo. Nadie se rió, pero yo no soy ningún tonto, eh.
Escribí todas mis últimas obras con Fausto a cuestas. El tipo entendía la mierda esta de la dramaturgia. Cuando se sentaba encima de un borrador era claro que me lo estaba curando. Fue el curador de cada borrador impreso. Este sí, este no. Cuando se levantaba aburrido y se iba al balcón yo entendía con claridad que no valía la pena seguir haciendo fuerza y me iba con él. Si yo regaba él seguía con atención de espectador fascinado el recorrido del agua que drenaba la maceta, y yo me colgaba pensando en la importancia de no perder el hilo del conflicto eje. A veces la cosa no avanzaba; y el tipo se ponía a maullar. Yo sabía: rompía la hoja, hacía seis bollos y jugamos un rato al metegolentra en la puerta de la cocina. A la vuelta siempre se me ocurría algún otro recursito salva escena. Era tan práctico todo en el bicho que me hacía pensar a cada momento en la limpieza de las estructuras, en la belleza de las elipsis, en lo bueno de ir al grano.
Hace un par de meses se enfermó. Los riñones. Estaba viejo y muy flaco. Lo llevábamos a la veterinaria, le pasaban suero y levantaba de nuevo unos días.
Anteanoche llovía fuerte. Pidió salir al jardín, le abrimos, y él que le disparaba al agua como a la peste, él que no se alejaba nunca de los límites del territorio que alguna vez había meado, se fue caminando medio errante bajo la tormenta y se internó en el terreno lindero. Lo salimos a buscar con paraguas y linternas y lo encontramos acurrucado en el quincho de un vecino.
Comprendimos que había llegado la hora. Se iba para terminar la vida alejado, ese atavismo raro y poético de los gatos.
Ayer murió. Hice un pozo tal vez demasiado profundo en el jardín y lo enterramos. Le planté unos helechos serruchos. Yo lagrimeé, mi mujer lloró. Ella dice que como yo lloro poco sufro el doble, y debe tener razón. Pero puedo escribir, que al final es catarsis también. Y despedirme en letras. Cada uno hace lo que puede.
Chau Fausto, Chau coautor.
Hoy salimos a caminar y a la vuelta lo extrañamos al entrar a la casa. Me saqué el ponchito marrón que enrollo sobre el abrigo marrón, que me calzo sobre mi camisa marrón (todos los que me conocen saben de esta manía monocromática que vaya a saber cómo me ha agarrado a mí desde hace varios años, si hasta medias marrones tengo en la fotito, sentado sobre mi sillón marrón).
Agarré la compu para seguir con la obra que me desvela pero no, salió esto.


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